Milei dijo que hay “terroristas disfrazados de estudiantes y periodistas” y culpó a Cristina Kirchner
Sin anestesia. Desde el living de La Cornisa, el presidente Javier Milei soltó una definición que dejó helado a más de uno: en la Argentina hay “terroristas disfrazados de estudiantes, de periodistas, de profesores, de investigadores”. No fue una metáfora. Fue una acusación directa, con nombre y apellido en el banquillo de los responsables. La factura, textual, se la pasó a Cristina Fernández de Kirchner: “Eso lo hizo Cristina. Abrió esta puerta”. La entrevista con Luis Majul, emitida anoche por LN+, puso sobre la mesa una narrativa que va mucho más allá del round político de cada semana.
Vos, que das clases en una escuela pública, que investigás en una universidad nacional o que salís a cubrir una marcha con un grabador, escuchaste al Presidente decir que en tu lugar de trabajo puede haber un infiltrado. No dio nombres, no mostró una sola carpeta judicial. Pero lo dijo. Y ahora trabajás con la incertidumbre de saber si ese señalamiento difuso puede convertirse mañana en una medida concreta.
Milei explicó su teoría sin escalas. Sostuvo que la vieja estrategia de hegemonía cultural del marxista italiano Antonio Gramsci –esa idea de que el poder se conquista ganando la educación, los medios y la cultura antes que las armas– mutó a algo peor. “La estrategia de Gramsci pasó a una etapa 2.0. Se le meten como estudiantes, se le meten como profesores, se le meten como investigadores. Eso lo hizo Cristina Kirchner. Abrió esta puerta. Tenés terroristas disfrazados de estudiantes, de periodistas, de profesores, de investigadores”, lanzó. Y enseguida puso nacionalidades a esos supuestos agentes: terroristas cubanos, iraníes y rusos. Una dimensión geopolítica que elevó la alarma al instante.
- Para entender por qué el Presidente elige esas palabras hay que mirar su hoja de ruta. La embestida contra lo que él llama “wokismo”, socialismo y decadencia cultural es una constante desde que asumió. Ya había apuntado contra el “adoctrinamiento en las escuelas”, contra la “ideología de género” y contra lo que define como el “curro de los derechos humanos”. Pero esta vez la acusación dejó de ser una discusión de ideas y se convirtió en el señalamiento de personas concretas que, según su visión, actúan como células terroristas infiltradas en el Estado, en las redacciones y en las aulas.
Lo que más ruido hace es lo que Milei no dijo. Hasta ahora el Gobierno no informó ningún mecanismo de detección, ningún protocolo administrativo ni un plazo para identificar a esos supuestos terroristas. Tampoco aclaró qué áreas del Estado o qué fuerzas de seguridad tendrían esa tarea. El vacío es total. Y cuando un presidente califica de terroristas a estudiantes, docentes y periodistas sin un plan claro, lo que florece es la sospecha y el miedo. Cualquier profesor universitario, cualquier becario del CONICET, cualquier cronista de un medio público puede sentir que la mirada del poder lo convierte en sospechoso sin que medie una sola prueba.
- Las implicancias no son abstractas. Si el propio jefe de Estado instala la idea de que en las universidades, los medios y la función pública hay terroristas camuflados, se habilita un clima donde la delación anónima o la mera discrepancia ideológica pueden transformarse en causa de persecución. La línea entre el disenso y la amenaza a la seguridad nacional se vuelve peligrosamente fina. La historia argentina ya sabe lo que ocurre cuando se construye un enemigo interno sin rostro definido.
Milei cerró su intervención reafirmando que considera prioritario combatir lo que define como penetración ideológica de izquierda. No es una bravata de campaña: es el Presidente en ejercicio, en horario central, delineando un enemigo que, según él, se esconde detrás de un título o una credencial de prensa. La sociedad escucha estas declaraciones con una mezcla de incredulidad y alarma, porque las palabras presidenciales tienen peso de Estado. Y dejan a miles de trabajadores de la educación, la ciencia y la comunicación bajo una sombra que no eligieron.
- Lo que queda en el aire es una pregunta inevitable: ¿hasta dónde está dispuesto a llegar el gobierno para “limpiar” las instituciones? Por ahora solo hay palabras, pero la falta de precisiones no es un detalle menor. Sin plazos, sin carpetas, sin protocolos, la única certeza que queda es la incertidumbre. Y en ese terreno, el temor y la sospecha crecen más rápido que cualquier respuesta.
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Fuente original: La Cornisa, LN+, 2 de agosto de 2026
Enlace: https://www.lnmas.com.ar
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