Se fue Adorni, queda la hipocresía: el Gobierno que predicó pureza se manchó solo
Hay consejos que los que saben repiten desde hace décadas en la política argentina. Uno, sobre todo, circula entre los que vieron pasar presidentes, crisis y noches largas en la Casa Rosada: cuando te ofrecen un cargo enorme y vos sabés que en tu pasado hay algo que puede explotar, la mayor muestra de lealtad es decir que no. Renunciar a tiempo, incluso antes de asumir. Dejar la carta de renuncia lista desde el primer día. Manuel Adorni, el hombre que hasta esta semana fue el jefe de Gabinete de Javier Milei, ignoró todas esas máximas. Y el costo de esa desobediencia lo terminó pagando el principal capital político del Gobierno: la presunción de superioridad moral.
La salida de Adorni no fue súbita. Se venía cocinando desde hacía casi cuatro meses, cuando una serie de revelaciones empezó a corroer la imagen del funcionario que mejor encarnaba la prédica libertaria contra la “casta”. El detonante no fue una denuncia aislada sino una acumulación de sombras que, en cualquier otro gobierno, tal vez se habrían diluido en el ruido de la rosca diaria. Pero acá el cristal con el que se miraba era otro, y por eso cada golpe sonó a rotura.
Para entenderlo hay que retroceder hasta marzo, cuando los primeros indicios sobre el patrimonio de Adorni saltaron a la luz. Las preguntas eran incómodas: adquisición de inmuebles mediante prestamistas de origen difuso, gastos en efectivo que trepaban a cientos de miles de dólares sin respaldo claro y una explicación que desafió el sentido común: su fortuna, dijo alguna vez, estaba resguardada en un pendrive con bitcoins. Lejos de despejar las dudas, cada aparición pública del entonces jefe de Gabinete sumaba una capa nueva de desconcierto.
El Gobierno hizo lo que suele hacer un oficialismo cuando siente que le tocan a uno de los propios: cerrar filas. En la comparecencia de Adorni ante el Congreso, la plana mayor del mileísmo fue a hacer barra. Lo aplaudieron, insultaron a los opositores que preguntaban y transformaron una rendición de cuentas institucional en un acto de militancia con estética de tribuna. Pero las semanas siguientes convirtieron aquel respaldo en un error de cálculo mayúsculo. El propio Adorni, en una entrevista televisiva, terminó admitiendo que había mentido sobre aspectos centrales de su situación patrimonial y que, durante años, había evadido obligaciones impositivas. La confesión cayó como un baldazo de agua fría sobre la promesa de transparencia absoluta que el oficialismo venía vendiendo desde la campaña.
Ahí es donde el episodio dejó de ser un problema de un funcionario para transformarse en una amenaza al relato fundacional del mileísmo. Porque Javier Milei no llegó al poder en 2023 prometiendo solamente un ajuste fiscal o una reforma del Estado. Llegó, sobre todo, prometiendo decencia. La idea de que venía una fuerza nueva, limpia, incontaminada, a barrer con “los mismos de siempre”. Esa superioridad moral era el escudo con el que el Gobierno se protegía de los cuestionamientos por la caída del consumo, por el freno a las partidas sociales, por las tensiones con las provincias. Mientras la vara ética estuviera alta, todo lo demás era sacrificio tolerable. Pero si la sospecha de corrupción anidaba en el corazón del gabinete, el andamiaje se tambaleaba.
Lo que volvía especialmente costoso el escándalo para Milei era esa asimetría que el propio Hugo Alconada Mon describió con precisión desde estas páginas. Cuando un gobierno hace de la honestidad su bandera principal, cualquier mancha pesa el doble que sobre administraciones que nunca juraron regenerar la política. No es lo mismo un ministro sospechado en una gestión que se asume parte de la “rosca” que un jefe de Gabinete acusado en un gobierno que se presenta como una cruzada moral. Esa diferencia explica por qué un caso que, en términos comparativos de la corrupción argentina, podría haber sido un escándalo de segundo orden, provocó un daño político de primera magnitud.
El final se escribió esta semana, cuando a Karina Milei —la hermana del Presidente y la verdadera arquitecta del poder puertas adentro— le llegaron dos señales que no admitían discusión. La primera venía del Senado, donde los propios aliados le hicieron saber a la Casa Rosada que si el Gobierno no cortaba la soga, la cortaban ellos. La segunda, más perturbadora todavía, llegó desde las encuestas. Los números equiparaban el desgaste del caso Adorni con los capítulos más recientes de la corrupción kirchnerista. Que las andanzas de un funcionario —sus inmuebles con prestamistas insólitos, sus fajos de dólares sin declarar, su pendrive mágico— pudieran medirse en el mismo termómetro que la causa de los cuadernos o los millones de dólares ocultos en los roperos del kirchnerismo encendió todas las alarmas. Porque en política, cuando la vara moral se empareja hacia abajo, el que más pierde es el que había prometido tenerla más alta.
El impacto de esta crisis no se mide solamente en el organigrama que se reacomodará en las próximas horas. Lo que queda en el aire es una pregunta que el mileísmo no puede responder con un comunicado: ¿se rompió para siempre el cristal de la superioridad moral o alcanza con cambiar a la persona para que el relato sobreviva? En los barrios donde la promesa de terminar con los privilegios había calado hondo, la desilusión viaja más rápido que cualquier operación de prensa. “Si ellos también hacen las suyas, ¿en qué se diferencian?”, es la pregunta que se repite en miles de conversaciones cotidianas, sin micrófonos ni cámaras.
Adorni se fue envuelto en palabras cálidas y en reproches al periodismo, pero se fue. El Gobierno ahora apuesta todas sus fichas al repunte de la economía y a que, llegado el momento del voto, la memoria colectiva recuerde más los muertos ajenos que los propios. La campaña por la reelección empezó esta misma semana, pero nadie sabe si el principal activo con el que Milei llegó al poder —la idea de ser distinto— sale ileso de este trance. De lo que no hay dudas es de que, en una Argentina donde la paciencia con la mentira se agotó, el costo de tropezar con la propia vara siempre es más alto que el de caerse desde el llano.
Fuente original: El País, 28 de junio de 2026
Enlace: https://elpais.com/argentina/2026-06-28/el-final-demorado-de-manuel-adorni.html
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