Caputo blanqueó que sus colegas le rogaban defaultear y muestra u$s3.700 millones de ajuste para blindar la reelección de Milei
En una conferencia de prensa sin escenografía electoral pero con destino de campaña, el ministro Luis Caputo, flanqueado por el viceministro José Luis Daza y el secretario de Finanzas Federico Furiase, largó dos definiciones que van a marcar la semana. La primera, técnica: el financiamiento en moneda extranjera para 2026 ya está “sobrecumplido”, así que sobran 3.700 millones de dólares que quedarán como reserva para 2027, año en que Javier Milei buscará su reelección. La segunda, humana y brutalmente política: cuando arrancó el gobierno, colegas “bien intencionados” le aconsejaron volar todo por el aire.
Caputo no mencionó nombres. Se cuidó de aclarar que no hablaba de opositores ni de “populistas”, sino de economistas que se sientan en las mismas mesas de debate que él. “La recomendación era que hiciéramos explotar todo, que defaulteáramos, que tiráramos todo y que hiciéramos lo que Argentina hizo siempre en el pasado, que simplemente le echáramos la culpa al gobierno anterior”, reprodujo en tiempo real. Y remató con una frase que vale más que los 3.700 millones del anuncio: “Eso, curiosamente, se había normalizado en Argentina”.
La naturalización del default como herramienta de ordenamiento político no es un detalle. Es la confesión de que en las usinas del poder, incluso en las que se presentan como republicanas, el “que reviente todo y después vemos” cotiza como opción válida. Caputo marcó ahí la línea de agua y contrapuso lo que, según él, vuelve diferente a este gobierno: “La decisión de respetar siempre la santidad de los contratos, el Estado de derecho, la propiedad privada”. Textual. Lo dijo sin levantar la voz, pero apuntando a la médula del fracaso argentino: las pocas estabilidades que el país conoció no nacieron de una vocación política, sino de un ajuste forzado por el mercado cuando el poder ya no podía patear más la crisis.
Los números que expuso Furiase le pusieron anestesia a ese diagnóstico. La hoja de ruta oficial se apoya en un principio simple: refinanciar solo el capital de la deuda heredada y pagar los intereses únicamente con superávit fiscal. Eso, en los papeles, permite bajar la relación deuda sobre PBI sin volver a pedir plata prestada a tasas usurarias. La emisión local del bono AO29 servirá para cubrir vencimientos bajo ley argentina y los 3.700 millones de excedente funcionarán como un amortiguador para el año electoral. “En emisiones internacionales pusimos un guion y no cero”, explicó Furiase, en un español que traduce lo siguiente: no descartan salir al mercado externo, pero solo si las condiciones globales y las tasas acompañan.
Hasta ahí, el guion para inversores. Pero el “¿y a mí qué?” del laburante, la jubilada o el estudiante que no opera en el Merval tiene una respuesta filosa. Esos 3.700 millones no llegaron por un viento de cola ni por lluvia de inversiones: son la contracara de un recorte monumental del gasto público que licuó partidas enteras. La obra pública está parada, los salarios estatales corren de atrás a la inflación, las transferencias a provincias se giran con cuentagotas y las universidades funcionan con el ajuste pegado en la nuca. El superávit fiscal que el ministro exhibe como garantía de solvencia intertemporal no es otra cosa que plata que no fue a hospitales, a rutas, a comedores. La pregunta que no entró en la conferencia es cuánto aguante le queda a los sectores que sostienen ese orden sin encender ninguna mecha.
Sobre el cierre, Caputo se animó a la promesa de máxima pensando en un eventual segundo mandato de Milei: “Que Argentina sea investment grade. Es un objetivo, no una promesa, que creemos cumplible. Dos de las tres calificadoras nos dijeron que es difícil, pero lograble”. Alcanzar el grado de inversión significaría que el país puede endeudarse a tasas razonables, que las empresas pueden planificar más allá de la próxima corrida cambiaria y que el riesgo país deja de ser un agujero negro. Pero en una Argentina donde conseguir un trabajo formal sigue siendo una odisea y donde el ajuste se pasea por las filas de los jubilados que no llegan a pagar el alquiler, ese horizonte suena a ciencia ficción por más que dos calificadoras le hayan guiñado un ojo.
La jugada de este domingo es evidente: mostrar orden en las cuentas para que el año electoral no se coma la estabilidad discursiva del oficialismo. Sin un escenario macroeconómico previsible, la reforma electoral que impulsa Karina Milei, los viajes presidenciales para abrazar causas patrias o los intentos de revivir la gestión bonaerense con Santilli a la cabeza quedan reducidos a espuma. Caputo apostó a construir un relato de solvencia y a marcar una diferencia ética con quienes naturalizaban el estallido. La cita con la realidad será en 2027, cuando se sepa si el sacrificio de no hacer explotar todo alcanza para que una mayoría considere que esta vez, por fin, la normalidad dejó de ser sinónimo de ajustar sobre los de abajo.
Fuente original: Big Bang News, 6 de julio de 2026
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