Milei le hizo el aguante a Inglaterra: calificó de "error inadmisible" que la Selección muestre la bandera de Malvinas
El Presidente calificó como un “error inadmisible” el gesto de los futbolistas argentinos que, tras vencer a Inglaterra en la semifinal del Mundial, desplegaron una bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”. La declaración del mandatario, que salió a corregir a sus propios compatriotas en medio de una fiesta deportiva, reabrió el debate sobre el rol del Gobierno en una causa que trasciende generaciones y gobiernos.
Ocurrió el jueves 16 de julio, horas después del triunfo 2 a 1 en Atlanta. En diálogo con radio El Observador, Milei reconoció que el reclamo de soberanía es “un sentimiento que está dentro de todos los argentinos” y que la expresión de los jugadores es “perfectamente válida y lícita”. Pero acto seguido, deslizó una advertencia: el gesto, dijo, “no tiene que inducir a hacer malas interpretaciones”. Y fue más lejos: “Desde una posición de responsabilidad, ciertos errores son inadmisibles”, sentenció. ¿El error? Haber mostrado la bandera en la cancha. El Presidente, en lugar de celebrar una reivindicación que la Constitución Nacional respalda, optó por alinearse con el reclamo británico y la FIFA, que habían prohibido el símbolo en el estadio.
Los jugadores que desplegaron el estandarte blanco con letras negras fueron Lisandro Martínez, Giovani Lo Celso y Cristian Romero. Lo Celso incluso lo extendió sobre el césped mientras el plantel celebraba con la hinchada. La bandera, según trascendió, había sido entregada por los propios fanáticos desde la tribuna. Nada de esto, sin embargo, pareció importar para el Presidente, que trazó una línea divisoria entre el deporte y la política: “Un partido de fútbol es un partido de fútbol, así lo entendió el director técnico, así lo entendieron los veteranos”. La referencia a los veteranos resulta particularmente torpe: la mayoría de los excombatientes, nucleados en agrupaciones como el Centro de Ex Soldados Combatientes de Malvinas, han manifestado históricamente su apoyo a visibilizar la causa en todos los ámbitos, incluido el deportivo. Milei, en cambio, los usó para justificar su propia incomodidad.
El timing de la declaración no es menor. El Gobierno había intentado evitar que ese símbolo llegara a la cancha. En la previa del encuentro, la FIFA y las autoridades de Estados Unidos prohibieron el ingreso de banderas, carteles o insignias con contenido político, incluidas aquellas vinculadas al reclamo por Malvinas. El gobierno de Milei, según distintas fuentes, avaló esa restricción. Pero además, en los operativos de seguridad previos al partido, hubo controles específicos que impidieron el ingreso de banderas con esa consigna, una decisión que generó un fuerte malestar en las inmediaciones del estadio. La medida provocó rechazo en sectores de la oposición, excombatientes y organizaciones de derechos humanos, pero el Ejecutivo insistió: la consigna de Malvinas era considerada “contenido político” y, como tal, no debía estar en un estadio. Una definición que, de hecho, equipara el reclamo de soberanía con un cartel partidario, cuando se trata de una política de Estado sostenida por todos los gobiernos democráticos desde 1983.
El gesto de los jugadores, sin embargo, no pasó desapercibido para el Reino Unido. El gobierno de Keir Starmer pidió formalmente a la FIFA que investigue a la selección argentina. La portavoz de Downing Street fue contundente: “Puede que el Mundial no sea nuestro, pero las islas Malvinas sin duda lo son”. El ministro de Ciencia británico, Peter Kyle, calificó el gesto como “totalmente inapropiado” y aseguró que “la política debe mantenerse al margen del fútbol”. La FIFA, que ya había incluido la consigna de Malvinas en su lista de símbolos políticos prohibidos, evalúa ahora una sanción que, según Milei, podría ser una multa de 30.000 dólares para la AFA. El Presidente, en lugar de respaldar a sus seleccionados, optó por anticipar el castigo y justificar al organismo internacional, dejando a los jugadores solos frente a la presión externa.
Pero lo que Milei considera un “error inadmisible” tiene otra lectura para millones de argentinos. En cuestión de minutos, las redes sociales se llenaron de mensajes que señalaban que el gesto de los futbolistas reivindicó una causa que forma parte del consenso histórico argentino y que está reconocida en la Constitución Nacional. La foto de la Selección levantando la bandera fue leída por muchos como un mensaje contundente: mientras la discusión política giraba en torno a las restricciones, los campeones del mundo eligieron reivindicar públicamente la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas en una de las imágenes más vistas del día. Para numerosos dirigentes, veteranos de la guerra y usuarios en redes, impedir el ingreso de esas banderas significó un error político, al tratarse de una consigna que trasciende las diferencias partidarias y representa una política de Estado sostenida por la Argentina desde hace décadas. La postal recorrió el mundo y reavivó un debate que el Gobierno de Milei difícilmente pueda evitar: hasta qué punto decisiones oficiales vinculadas a una causa que une históricamente a los argentinos terminan generando un costo político innecesario. Y la respuesta parece clara: el Presidente quedó del lado de la FIFA y del Reino Unido, no del sentimiento popular.
Milei, sin embargo, insistió en que la recuperación de las islas va por “otro carril”: el diplomático. Ponderó los “avances enormes” logrados por su gestión, mencionando al entonces canciller Gerardo Werthein y al secretario de Finanzas Pablo Quirno —a quien luego nombraría canciller— en los acercamientos a Estados Unidos. Según el Presidente, eso permitió que “la ONU obligara a Inglaterra a sentarse a negociar con nosotros”. “Las Malvinas se recuperan con diplomacia sabia y no con gestos de patriotismo baratos”, remarcó. Pero la realidad diplomática es más compleja que ese relato triunfalista. El 13 de julio, tres días antes del partido, el Gobierno había presentado una protesta formal ante el Reino Unido por los movimientos del buque de guerra HMS Medway en aguas cercanas a las Malvinas. La cancillería calificó el tránsito como “inconsulto e ilegal”. Un dato que contrasta con el optimismo presidencial y que muestra que, más allá de las declaraciones, la tensión con Londres sigue intacta. Si realmente hubiera avances sustanciales, no se explicaría por qué el Reino Unido sigue reforzando su presencia militar en el archipiélago ni por qué la ONU, lejos de “obligar” a sentarse a negociar, mantiene su habitual llamado al diálogo sin plazos perentorios.
El problema de fondo, el que Milei parece querer eludir, es otro: ¿por qué un Presidente argentino sale a corregir a sus propios compatriotas por reivindicar la soberanía de un territorio que su propia Constitución declara argentino? ¿Por qué califica como “inadmisible” un gesto que, en cualquier otra gestión, hubiera sido celebrado como un acto de afirmación nacional? La respuesta, quizás, esté en el cálculo político: el Gobierno busca no tensar la relación con el Reino Unido ni con Estados Unidos, aliados estratégicos en su agenda económica y comercial. Pero en ese camino, corre el riesgo de parecer más preocupado por las sanciones de la FIFA y por no ofender a sus socios externos que por el sentimiento de un pueblo que, en la cancha y fuera de ella, sigue reclamando lo que es suyo. La imagen de los jugadores con la bandera no fue un exceso de fervor, sino un recordatorio incómodo para un Presidente que, en su afán de alineamiento internacional, parece haber olvidado que la soberanía no se negocia ni se somete a la conveniencia de un partido de fútbol.
Fuente original: La Nación, 16 de julio de 2026
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