El Mundial que arranca con la pelota manchada: deportaciones, apuestas y un premio de la paz para Trump
Qué tristeza sentiría el Diego, el que decía que "la pelota no se mancha", al ver todo esto.
Porque aunque el fútbol insista en presentarse como un territorio supuestamente ajeno a la política, cuesta sostener esa fantasía cuando la FIFA dedicó buena parte del año a ensalzar a Donald Trump hasta el punto de entregarle el premio de la paz en diciembre de 2025. Sí, la FIFA, esa organización siempre tan preocupada por los valores universales, la fraternidad entre los pueblos y, por supuesto, las cuentas bancarias perfectamente saludables.
Un premio de la paz en medio de bombardeos
El 5 de diciembre de 2025, durante el sorteo del Mundial en Washington, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, creó un galardón exprofeso: el "Premio FIFA de la Paz". El destinatario fue Donald Trump, a quien Infantino consideró merecedor por sus acciones para "promover la paz y la unidad en todo el mundo". Trump recibió un trofeo dorado y una medalla que él mismo se colgó del cuello.
La Federación Noruega de Fútbol presentó una queja formal ante los investigadores de ética de la FIFA, acusando a Infantino de fallar en su "deber de neutralidad".
El problema: Trump había ordenado bombardeos contra Irán, desplegado fuerzas militares para forzar la salida de Nicolás Maduro en Venezuela y mantenía una política migratoria que organizaciones civiles ya denunciaron como violatoria del debido proceso.
El sueño mundialista que se volvió pesadilla migratoria
La política migratoria estadounidense golpeó el torneo antes del primer silbatazo. Agentes migratorios interrogaron durante horas en el aeropuerto de Miami al árbitro somalí Omar Abdulcadir Artán, considerado el mejor árbitro de África y el primer somalí seleccionado para un Mundial. Lo devolvieron a Estambul.
No fue el único. Protocolos de seguridad especiales se aplicaron a las selecciones de Senegal y Uzbekistán, tratadas más como amenaza potencial que como delegaciones deportivas. El delantero iraquí Aimén Hussein fue interrogado durante siete horas en Chicago y finalmente se le permitió ingresar.
El caso más emblemático: la selección de Irán. Tenía previsto entrenar en Arizona, pero las autoridades iraníes solicitaron el traslado a México por la incertidumbre de la guerra en Oriente Medio y las preocupaciones de seguridad. La FIFA aprobó el cambio. Los iraníes entrenarán en Tijuana, en el Centro Xoloitzcuintle de los Xolos de la Liga MX, y cruzarán la frontera para jugar sus partidos en Estados Unidos. Bombardean su país y además los humillan haciéndoles dormir en otro país.
Y entonces la pregunta se impone solita: ¿qué clase de Mundial es este? ¿Un Mundial de fútbol o un Mundial bajo régimen de excepción migratoria? ¿Una fiesta global o una vitrina del nuevo orden trumpista? Habrá agentes de ICE con porras a la salida de los estadios revisando pieles, acentos, pasaportes y apellidos.
Claro, nos dirán que no mezclemos fútbol y política. El problema es que el deporte ya está politizado. La FIFA lo politizó cuando convirtió a Trump en figura central de la narrativa mundialista, cuando expulsó a Rusia de sus competiciones pero no hizo lo mismo con otros países que atacan a sus vecinos. Estados Unidos lo politizó cuando colocó sus políticas migratorias por encima del carácter universal del torneo. Los patrocinadores lo politizaron cuando aceptaron envolver en publicidad una estructura de violencia.
El negocio detrás de la adicción
El otro lado oscuro del Mundial es la explosión de las apuestas deportivas. En los últimos ocho años, esta industria creció hasta convertirse en un negocio global que mueve más de 100 mil millones de dólares anuales. La Corte Suprema de Estados Unidos eliminó la prohibición en 2018 y desde entonces más de 30 estados legalizaron las apuestas.
América Latina es uno de los mercados que crece más rápido. Brasil, México, Argentina y Colombia concentran el 60% del mercado continental. Según proyecciones, el volumen global de apuestas asociado al Mundial podría alcanzar los 50 mil millones de dólares. El 19% de quienes participarán durante el torneo realizarán su primera apuesta deportiva.
El dato más alarmante en Argentina: según un estudio de la Cruz Roja, el 16% de los menores de edad apostó alguna vez, y la mayoría fueron ayudados por un adulto.
Las plataformas usan inteligencia artificial para personalizar promociones, seguir el comportamiento del usuario en tiempo real y diseñar experiencias lo más adictivas posible. La modalidad "Inplay" o "Live Betting" permite apostar mientras el partido se desarrolla: quién hará el próximo gol, qué jugador será expulsado, cuántos corners habrá.
Las empresas clasifican a los usuarios según su desempeño. Cuando detectan a alguien que gana más que el promedio, reducen sus límites y le bloquean promociones. Como un casino con la ruleta arreglada.
Flutter Entertainment, la mayor empresa del sector, con 27.345 empleados y dueña de decenas de plataformas como FanDuel o Betfair, reportó ingresos por 16.383 millones de dólares en 2025. Cotiza en Wall Street.
En Brasil, el dato es escalofriante: el dinero movido por apuestas a través del sistema de pagos Pix representa cerca del 1% del total diario de la plataforma, y el volumen de transferencias a casas de apuestas online puede haber alcanzado los 21 mil millones de reales.
Salud mental: la factura que nadie quiere pagar
El Instituto Brasileño de Estudios para Políticas de Salud reveló que la demanda de tratamientos por adicción al juego se duplicó en solo un año durante 2025. Los estudios establecen correlaciones directas entre las apuestas, la ansiedad, la depresión y las tasas de suicidio.
Jugadores profesionales de altísimo rendimiento —que necesitaron años de entrenamiento, disciplina estricta y cuerpos sanos para llegar donde están— se prestan a cambio de cifras millonarias para impulsar un modelo de negocios que necesita crear adictos para maximizar ganancias. Devolver el cariño de los hinchas con incentivos para generar adicciones tal vez no sea la mejor forma de honrarlo.
¿Qué clase de Mundial es este?
Mañana rueda la pelota. Habrá goles, cánticos, banderas, emoción y momentos hermosos. Pero también habrá una pregunta flotando sobre cada estadio: ¿podemos hablar de fiesta cuando la pelota está manchada?
La FIFA lo politizó. Estados Unidos lo politizó. Los patrocinadores lo politizaron. Y ahora pretenden que millones de personas miremos el espectáculo sin preguntarnos qué hay detrás.
El Mundial arranca con una contradicción enorme: celebrar la unión del mundo bajo la sombra de uno de los gobiernos más violentos del planeta.
Fuente original: https://www.bbc.com/mundo/articles/cd0mgg47ry3o
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